Ismael De La Cruz

La regla de los 20 minutos: un caso real

 

LA REGLA DE LOS 20 MINUTOS

Les reproduzco a continuación un artículo que un buen amigo y cliente (que fue director de seguridad privada y piloto de líneas aéreas) escribió en su día para un medio de comunicación y que quiso compartirlo conmigo.

El contenido del artículo está basado en hechos reales, de ahí la explicación de la mencionada regla, que dicho sea por otra parte, no solo se puede (y se debe) aplicar a nuestra vida cotidiana, sino que también es muy interesante para el tema de las inversiones.

Veamos en qué consiste. Les recomienda la anécdota real que se relata, no tiene desperdicio. 

Tenemos  que partir de unas premisas básicas en cualquier regla: no hay regla sin excepción; las reglas están hechas para saltárselas.

Considerando lo anteriormente expuesto y aplicando la intuición, el libre albedrío y todo lo que quieran aplicar, básicamente,  esta regla funciona. En el fondo es una ampliación de la regla “Antes de contestar, contar hasta 10”.

En este caso partimos del hecho de que, minuto más o menos, muchas de las crisis que se pueden presentar, duran 20 minutos y es lógico porque si son graves y durasen más, nos moriríamos. La experiencia  demuestra que 20 minutos es un tiempo muy adecuado para esperar.

Por ejemplo durante una tormenta, y no hablo de una cadena de tormentas en cuyo caso es mejor quedarse en casa o tener paciencia de santo, es una bobada empaparse de agua por salir durante una fuerte descarga de un nube de desarrollo vertical.

Si esperamos los 20 minutos de rigor evitaremos ponernos como una sopa, las alcantarillas absorberán  el agua  y el riesgo de un resbalón,  con o sin, caída incluida, que nos va a fastidiar el día y además el retraso no es significativo.

En el ambiente aeronáutico, también hay ejemplos,  una discusión con un empleado de una compañía aérea, también se soluciona esperando 20 minutos porque te tranquilizas y ves que no merece la pena el disgusto. Además muchos de estos empleados de aerolíneas toman mucho café, desayunan varias veces al día, tienen que llamar por teléfono con frecuencia a su casa y/o a la de su madre.

En fin que pasados los 20 minutos ya no estará y habrá otro más receptivo porque acaba de venir de desayunar por tercera vez… pero  poniéndonos en lo peor, si continúa allí, puede que haya ocurrido un milagro y haya reflexionado y cambie de actitud.

Pero supongamos que no cambia, pues como ya vamos más relajados y no gritamos como al principio, pedimos hablar con su supervisor para que nos solucione lo nuestro y ponga en su sitio al tipo borde.

Sí, hay excepciones, claro, en las que el supervisor es tan borde o más que el empleado  pero ya entraríamos de lleno en la aplicación de la premisa básica nº 1, tampoco hemos dicho que esto sea perfecto.

Siempre cuento una experiencia que tuvimos en un vuelo que demuestra que a veces si funciona. Para ubicarnos tenemos que imaginar un avión en vuelo de crucero y una azafata con el carro de distribución de comidas desplazándose a lo largo del pasillo. La verdad es que los pasillos son estrechos y los pasajeros sentados en los asientos de pasillo sufren continuos roces e incluso golpes en los hombros y brazos producidos por la gente que va y viene por dicho pasillo. Y no digamos si son niños…esos  empujan y dan golpes divinamente.

Las azafatas algunas veces con las prisas lo hacen con frecuencia, también influye a veces algún movimiento, no peligroso pero si inesperado del avión. En el caso en cuestión había un pasajero italiano a quien, al parecer, le había sentado mal la bebida y estaba en los 20 minutos tontos antes de ir a vomitar o quedarse dormido.

Y en uno de los caderazos que recibió por parte de la azafata, la tocó el culo, esta se volvió inmediatamente y le recrimino por su actitud tal y como hubiesen hecho la mayoría de las mujeres, pero el pasajero que se encontraba en medio de su crisis particular, en lugar de pedir disculpas, la preguntó ¿Es que no te ha gustado?

La azafata, al parecer poco experta en gestión de incidencias , se dirigió a la cabina delantera e informó del hecho al sobrecargo que al parecer tampoco había hecho el entrenamiento de gestión de incidentes, en lugar de dejar pasar unos minutos y reflexionar , porque no nos engañemos , el pasajero en pleno vuelo de crucero , no iba a ir a ningún sitio ,se dirigió  todo lo rápido que pudo al lugar de los hechos para tratarlo en caliente, así es que a los 2 minutos ,allí estaba el susodicho plantado en el pasillo, junto a la butaca que ocupaba el pasajero presunto infractor a quien se dirigió diciendo : “Perdón caballero , me informa la señorita azafata de que la ha tocado usted”.

A lo que el presunto infractor, en medio de los 20 minutos críticos de su crisis etílica respondió tocando los testículos del sobrecargo.”¿Que, es que tienes envidia?” El sobrecargo, sorprendido, aunque podía haberlo previsto, dio media vuelta, se dirigió directamente a  la cabina de mando y se dirigió al Comandante, más o menos en estos términos: “Perdone que le  moleste Comandante pero tenemos un problema con un pasajero que nos ha tocado vejatoriamente a la azafata y a mí. Lo cual pongo en su conocimiento como máxima autoridad del avión.”

Digo lo de más o menos porque lo que realmente dijo en medio de su cabreo fue: ”Comandante, un italiano borracho ha tocado el culo a la azafata y al ir yo a pedirle explicaciones, me ha tocado lo huevos, el hijo puta. Si esto me lo hace en la calle le doy un par de hostias pero claro aquí en el avión y de uniforme….”

A lo que el Comandante, con ese punto de inteligencia que tienen los pilotos y sin que sirva de precedente, más preocupado por su propio miembro que por los miembros de los miembros de la tripulación le dijo:”Pues cierra la puerta no vaya a ser que el pasajero quiera seguir en el mismo plan con toda la cadena de mando”.

El sobrecargo se sintió ofendido porque por lo visto esperaba que el Comandante recorriese el tramo hasta el pasajero en cuestión a la misma velocidad o mayor si cabe, que la que el mismo había llevado  para pedirle de nuevo explicaciones. Pero el Comandante, con ese sentido común que les caracteriza y siendo habitual en él aplicar la Regla de los 20 Minutos, pensó que en plena crisis del pasajero, la defensa de los miembros de su tripulación y del suyo propio, podrían esperar un poco, ya que en este punto, nada  se podía mejorar y mucho se podía empeorar.

Entre otras cosas porque la ofensa ya estaba hecha y no parecía aconsejable tentar a la suerte presentándose a cuerpo descubierto en el lugar de los hechos. Controlando la situación desde la seguridad que le proporcionaba la cabina de mando y la puerta blindada, fue informado por el sobrecargo de que el pasajero se había quedado dormido y así continuó hasta poco antes de aterrizar.

Durante el vuelo se avisó por radio para que a la llegada estuviese la policía en la puerta del avión para hacerse cargo del pasajero y trasladarlo a las dependencias policiales del aeropuerto. Cuando nos dirigimos los afectados y el que esto escribe a las citadas dependencias para aclarar el asunto, ya más tranquilos, sobre todo un servidor, que no había sido ofendido directamente, el pasajero estaba llorando desconsoladamente con unas fotos de su mujer y sus hijos en las manos, diciendo que no recordaba lo que había pasado, que es lo que se tiene que hacer en estos casos, si no quieres que te apliquen todo el peso de la ley.

Sentados en el despacho del comisario, tomado un café de máquina de monedas, el comisario y un servidor desgranamos algunas consideraciones:

– El avión lleno y con poco espacio para moverse

– Posible invasión involuntaria del espacio del pasajero.

– Posible negligencia en servirle excesiva cantidad de bebidas alcohólicas con el atenuante, pero no eximente, del exceso de trabajo, prisas en dar el servicio de abordo, etc.…que una vez llegados a un juicio, para el juez pueden tener un buen peso especifico a la hora de juzgar.

– Posible mala gestión de la crisis por parte de la azafata y del sobrecargo al no ser conscientes del estado del pasajero pensando que razonaría normalmente en plena crisis.

– Pérdidas considerables de tiempo y dinero para asistir a los juicios del caso una vez denunciado y dudas sobre la decisión del  juez una vez valoradas todas las partes del conflicto.

 – Afirmación por parte del presunto culpable de haber actuado inconscientemente, se le crea o no es difícil de demostrar si fue consciente o inconscientemente la realización de los hechos.

– Arrepentimiento voluntario en cuanto se le paso la crisis.

– La gravedad de los daños era solo moral, no física.

– En ningún caso puso en peligro la seguridad del avión, solo puso en peligro la seguridad de una parte muy pequeña del avión, cuando hicimos este comentario, no sabemos el porqué pero el sobrecargo se mosqueó.

Total, que al final, analizando fríamente entre nosotros la situación creada, se reconoció que se pasó de tener un incidente, con el tocamiento de la azafata, a otro ya mas reiterado por la, tal vez precipitada actuación del sobrecargo, que como mínimo actuó de forma ingenua poniendo al alcance del borracho, una zona tan delicada como la que le resultó agredida, se acordó aceptar las disculpas reiteradas, entre lágrimas, por parte del pasajero, reconviniéndole muy seriamente por su actuación y advirtiéndole que gracias a la “profesionalidad “ de los agredidos , por esta vez , se le iban a evitar males mayores.

Epílogo.

Posiblemente, si hubiesen esperado los 20 minutos de la regla se hubiese evitado la tocada en cadena, de los miembros de la tripulación. Al menos el Comandante, aplicándola, evitó que aquello continuase hasta límites insospechados. El sobrecargo se quedó jodido, porque aunque sabía que no se podía hacer mucho más, en el fondo fue el más perjudicado al menos moralmente.

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