Ismael De La Cruz

La forma en el negocio jurídico, la escritura pública

Derecho

 

Debido a que el negocio jurídico implica siempre una manifestación de voluntad, es evidente que la misma ha de producirse de determinada forma, ya que una voluntad que no se exteriorice de alguna manera perceptible a los demás será siempre una voluntad jurídicamente irrelevante.

Pero puede suceder que el ordenamiento jurídico no se conforme con unos signos externos cualquiera, sino que predetermine la forma concreta en que la voluntad interna ha de manifestarse. El formalismo jurídico de los viejos sistemas se basaba en establecer una serie de tipos formales, rígidos y determinados, fuera de los cuales cualquier actuación jurídica resultaba ineficaz. Posteriormente, con el espiritualismo jurídico se aceptó el principio general de la fuerza vinculante de la voluntad con independencia de su forma o manifestación. De todas formas, aunque hoy en día rige dicho principio general, existen algunos supuestos en los que por consideraciones de orden superior se mantiene la exigencia de una forma precisa y determinada.

El artículo 1.278 del Código civil establece que los contratos serán obligatorios, cualquiera que sea la forma en que se hayan celebrado. La cuestión es que existen negocios jurídicos libres de toda formalidad y otros para los cuales la ley exige el cumplimiento de determinadas solemnidades. Así pues, la regla general es la libertad de forma y la excepción es la forma tasada.

El artículo 1.280 del Código civil establece que deberán de constar en documento público:

– Los actos y contratos que tengan por objeto la creación, transmisión, modificación o extinción de derechos reales sobre bienes inmuebles. Recordemos que los derechos reales es el poder directo e inmediato que tiene el titular sobre una cosa, atribuyéndole un señorío, es decir, una dominación, que será total en el supuesto de la propiedad y parcial en los demás derechos reales, como por ejemplo el usufructo (Derecho por el que una persona puede usar los bienes de otra y disfrutar de sus beneficios, con la obligación de conservarlos y cuidarlos como si fueran propios).

– Las capitulaciones matrimoniales y sus modificaciones.

– La cesión, repudiación y renuncia de los derechos hereditarios o de los de la sociedad conyugal.

– El poder para contraer matrimonio.

Incluso antes de llegar el euro, también estaban incluidos en este listado los contratos en que la cuantía de las prestaciones de uno de los contratantes excedía de 1.500 pesetas.

Por tanto, la regla general es que el negocio es siempre eficaz mediante la mera prestación del consentimiento, pero esta eficacia se halla en principio limitada a las relaciones entre las partes, y cuando se pretende dotarle de efectos frente a terceros es preciso en ocasiones, y siempre que la Ley así lo exija, el cumplimiento de algunas solemnidades externas.

Pero conviene aclarar dos cuestiones:

a) Aún sin haberse otorgado escritura pública, pueden las partes exigirse recíprocamente el cumplimiento de lo convenido.

b) No es del todo cierto que sin el otorgamiento de la escritura pública no pueda hacerse en absoluto valer la relación jurídica frente a terceras personas.

Por último, mencionar lo que se denomina la reproducción del negocio jurídico. Partimos de la existencia de un negocio perfectamente válido y eficaz, pero al que se le añaden nuevos efectos, se trata de un nuevo negocio que no nova o modifica al anterior, sino que se limita a dotarle de una nueva forma, o bien tiene una finalidad aclaratoria o interpretativa.

Por ejemplo, un contrato verbal que se extiende por escrito, o un contrato que aparece reflejado en documento privado es elevado a escritura pública. En ambos casos, la dotación de forma escrita se hace reflejando fielmente lo convenido con anterioridad, sin modificarlo o novarlo en lo más mínimo.

Foto cortesía de Free Photo Bank

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